Mario entreabrió el ojo derecho. Apenas podÃa ver. A lo lejos se le aparecÃa una mata de cabello revuelto que le recordó vagamente a Sonia. De repente, todo se volvió de un tono verdoso. El dolor, un dolor indefinido y sin localizar, crecÃa hasta hacerse tan insoportable como los gritos que se ahogaban en su interior.
Intentó tomar aire mientras paladeaba un cálido sabor a hierro. No podÃa moverse. Poco a poco, dejó de sentir dolor más allá de su cabeza. Dejó de notar la presión sobre su pecho. Dejó de percibir el calor de su propio cuerpo. El frÃo comenzó a ganar terreno.
Mario dedicó aquel instante a pensar en Sonia. Allà estaba ella, trágicamente despeinada. Apenas podÃa distinguirla ya. Estaba tan cerca y tan lejos. Pensó en el último beso que habÃan compartido. Cerró los ojos a su pesar.
Las máquinas comenzaron a seccionar la chapa del coche. Los bomberos extrajeron los dos cuerpos sin vida. Aquel viernes, Mario y Sonia dejaron de tener un nombre y una historia para transformarse en parte de la estadÃstica cotidiana.



Una distracción, por pequeña que sea, puede ser fatal. Hace unos dÃas, en la autopista, và el reflejo de la luz interior (que lleva encendida) en la luna delantera.
No me podÃa creer que llevara la luz interior encendia. Aprovechando que ni delante ni detrás habÃa nadie, me fijé mejor en la luna y pude confirmar que efectivamente lleva la luz interior encendida.
Cuando volvà a mirar al frente (no pasó más de un segundo) vi con horror que tenÃa la mitad del coche en el arcén. Suerte que allà el arcén era ancho, sino hubiera podido llevarme algo más que un susto.
Desde entonces que entendà perfectamente lo que significa estar atento a conducir y olvidarme de nimiedades.
Este relato me ha hecho recordar esa anécdota, que no habÃa explicado en blog.