Cuando la tecnología y la razón chocan en el cielo
Posted by Josep Camós en 09/10/2007
Leo en El Mundo una curiosa nota sobre coches voladores. Pedro Muñoz Royo, ingeniero aeronáutico del Departamento de Investigación y Desarrollo de Airbus, considera que «construir un coche volador es posible desde un punto de vista técnico, pero imposible desde el aspecto de la navegación aérea». Lógico.
Desde tiempos remotos, el hombre ha soñado con volar (viva el cliché). Ya los griegos elevaron a la categoría de mito la historia del hijo de Dédalo. Para quien no lo conozca de toda la vida, Dédalo fue el arquitecto que diseñó el Laberinto de Creta, donde encerraron al Minotauro aquel que junto a Teseo protagonizó el combate de wrestling más celebre de la Antigüedad. El caso es que Dédalo tenía un hijo llamado Ícaro. Pero mucho no lo debía de querer, porque para escapar de la prisión donde los tenía encerrados el rey Minos (un esquizofrénico de mucho cuidado) a Dédalo no se le ocurrió otra cosa que fabricar unas alas de la talla XXXL con las que salir volando del lugar. Eso sí, como McGyver a su lado no era nadie, el buen hombre aseguró las plumas de las alas concienzudamente usando cera y cuatro hilos. Y le quedó mejor que nuevo, oiga.
Antes de echarse al cielo Dédalo advirtió a Ícaro que no volara ni muy bajo, porque las plumas se mojarían con el agua del mar y se pegaría un morrazo, ni muy alto, porque con el calor del sol la cera se derretiría y se la pegaría más fuerte todavía. Ícaro dijo que sí, que vale, pero que le diera las alas de una vez, que no tenía ningunas ganas de quedarse a cenar allá. El caso es que en cuanto estuvo en el aire, Ícaro comenzó a tomarle el gusto a aquello de llevar plumas como las vedettes, así que subió, subió, subió… hasta que de golpe comenzó a bajar, bajar, bajar… a la velocidad de un señor que cayera desde el cielo. Cuentan las crónicas que el muchacho comenzó a bracear en el aire, pero como a mí me parece demasiado cruel dar de aquel pobre diablo una imagen tan patética, digamos que acabó sus días en el intento de volar.
Allá por la Segunda Guerra Mundial, a algún discípulo de Dédalo se le ocurrió la mágica idea de echar a volar un Jeep. Lo remolcaron con un bombardero y al volver a poner los pies en el suelo el piloto que hizo de conejillo de indias para la ocasión juró que se comería todo lo que le pusieran en el plato, pero que allí no volvía a subir nunca más.
Dejando las incomodidades que el pobre piloto pudiera vivir a bordo de aquella lata de sardinas con ruedas, lo cierto es que si un día los coches poblaran el cielo íbamos a tener más problemas que ventajas. Imagínate por un momento a ese conductor que no sabe dónde acaba su coche haciendo eses junto a la ventana de tu habitación. O el clásico que coge el coche para ir a comprar el pan, todo el día subiendo y bajando. Bueno, a ese le podríamos poner un ascensor. Luego estaría el que no sabe si va hacia la derecha o hacia la izquierda, que entonces se liaría todavía más. Y por fin tendríamos al que se cree que conoce un atajo, empotrándose contra las fachadas. Porque el comportamiento de la máquina no está jamás en la misma máquina, sino en la persona que la lleva.
Lo cual me lleva a una reflexión de abuelo: si con los pies en el suelo ya tenemos problemas, ¿para qué nos vamos a complicar aún más la vida? Los de la UE piensan como yo, y la exigencia de reducir al 50% los ruidos y emisiones de CO2 de los aviones nos lleva a pensar que el coche volador se aleja, cada vez más, de nosotros. Pues nada, que tenga buen viaje.

euskanbria escribió
Joder… pues sí que era mala la carne de burro del 36 que le dieron al muchacho para que se subiera allí, seps. Desde luego coincido contigo. Y además es mucho más nostálgica la bicicleta voladora. Será por aquello de ET, que sé yo.