El día que conocí a Matías

5 03 2008

Era lunes, y como cada lunes llevé el coche a lavar. Al llegar al trabajo, quedaban algunas gotas que secar con un papel de cocina del rollo que paseo en el maletero. Simplemente se trataba de darle un repaso a los cristales, espejos y maletero, con el resto nunca me mato demasiado.

Y estaba yo allí, acabando de apañar las lunas, cuando me di cuenta de que se me hacía la hora de empezar a trabajar. Miré a mi alrededor. No había nadie a aquellas horas. Excepto el sol de mediodía, todo el mundo parecía tener mejores cosas que hacer antes que deambular por aquel lugar.

De pronto apareció por la calle un chico joven. Se parecía al tal Matías, cuya foto aparecía en la ficha del alumno que me tocaba estrenar. Se acercó al coche mirando aquí y allá con indiferencia, como si la cosa no fuera con él. A aquellas horas, la autoescuela estaba cerrada, así que no cabía la posibilidad de que la secre actuara como maestra de ceremonias en nuestra presentación formal. Como ocurre siempre en estos casos, fui yo quien rompió el hielo:

– ¿Matías?

– Sí – responde dando un respingo, como si escuchar su propio nombre lo hubiera pillado desprevenido.

– ¿Qué tal? ¿Vamos allá?

– Vale.

– ¿Has cogido algún coche alguna vez? – allá va la pregunta rutinaria, esa a la que algunos responden sinceramente y otros confunden con un interrogatorio policial de tres al cuarto al que responder con un engaño por lo que pueda ser. Apostillo cuando veo que vacila: – No, si es sólo por saberlo. Ahora iremos a un sitio tranquilo que tenemos para hacer la primera práctica y es por saber si hasta allí lo puedes llevar tú con el volante y yo con los pedales o prefieres que lo coja yo directamente. Sólo es eso – acabo con una sonrisa conciliadora.

Matías respira aliviado y me cuenta que los domingos hace sus pinitos al volante de la mano de su padre.

– Vale –, digo yo. Ya sé lo que me toca con este muchacho: estar al loro de los vicios que quizá haya adquirido y vigilar que mi modesta labor no se transforme en un trabajo de Sísifo, de esos de empujar una piedra para que luego se me venga encima y vuelta a empezar.

Aprendiendo a ir en bici

Durante la primera práctica le explico que, aunque resulte paradójico, un coche no funciona dándole al acelerador, sino simplemente utilizando bien el embrague. Ese es el primer paso hacia la curación de Matías. Claro, que el buen mozo viene aterrorizado por la posibilidad de calar el motor. Imagino (y después Matías lo confirma) que cada vez que ha calado el coche en domingo su padre le ha propinado una bronca propia de avisar a la Asistencia Social. Total, que para no calarlo Matías aplasta el acelerador. Así me gustan los alumnos. Que vengan limpios y puros de casa. Y quemando embragues.

Mientras Matías se pelea por encontrar el punto de fricción del embrague (suelta el gas, Matías, suelta el gas), yo le explico mi visión básica de ese elemento de la transmisión como un conjunto formado por dos platos, que represento con las palmas de mis manos. Muevo una mano como si la hiciera girar el motor y la otra simula ser la parte del embrague solidaria con el resto de la transmisión. Cuando Matías pisa el pedal, mis manos se separan: no hay transmisión. Cuando Matías suelta el pedal, mis manos se juntan, trasladando el movimiento del motor a las ruedas. Así de simple.

Por mucho acelerador que pise (suelta el gas, Matías, suelta el gas) si los platos (mira mis manos) están separados, el coche no se moverá lo más mínimo. Si Matías busca el punto donde los dos platos friccionan manteniendo el acelerador apretado, me froto las manos con dureza. Dicho de otra forma: le lanzo a Matías la idea de que si sigue así pulirá el embrague en dos días.

– Y eso – le digo – no me importa que suceda con este coche, que es carne de cañón. Pero sí que me importa que le pase al tuyo –, y que viva la psicología inversa aplicada al parque móvil de la empresa que me da de comer.

De todas formas hoy tampoco le insisto mucho más. La losa de Matías pesa demasiado y le va a costar unos días quitársela de encima.

Al acabar la primera práctica, ajeno a todo lo que hemos comentado, revela su verdadera preocupación en forma de cuestionario:

– ¿Qué? ¿Cómo me ves? ¿Cuántas prácticas crees que necesitaré antes de subir a examen?

Está claro que Matías no reconoce la diferencia entre conducir y circular, pero aún es pronto para decírselo. De momento, le cuento que eso no se lo diré yo, sino él mismo con su forma de hacer, que el proceso de aprendizaje se adaptará a su manera de desenvolverse y que comenzaremos haciendo un poco de maniobras, un paseo por el pueblo para comenzar a trabajar la observación, algunas carreteras para ir tomándole el gusto al volante y al cambio de marchas y luego, hacia la ciudad, a pelearnos en la selva del tráfico. Sé que Matías piensa que me estoy escaqueando de contestarle aunque aún no me tiene la confianza necesaria como para decírmelo. No voy más allá. Me despido de él y lo dejo allí, un tanto perplejo. Sé que el tiempo y él mismo me darán la razón.

Continuará.


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12 respuestas a “El día que conocí a Matías”

5 03 2008
Aitor Álvarez (01:42:03) :

Ya sabes que los coches no son para mí… y admiro por ello la labor que llevais a cabo quienes sí estais metidos en uno. Lo que no entiendo, modestamente, es a santo de qué la manía que tienen muchos profesores de evitar que el alumno coja todos los mandos de golpe. En mi empresa es típico oír a quienes pululan con un León o con un Ibiza cosas en plan: hasta la tercera clase no le dejé los pedales. Supongo que habrá casos y casos, como en todos los permisos. Pero si en mi época de alumno de coche el profesor me hubiera dicho que no iba a coger los pedales hasta la tercera clase, le hubiera mandado a tomar por el culo, después de preguntarle si cree que soy tan sumamente gilipollas como para no coordinar por separado dos partes de mi cuerpo.

Supongo que hay una razón para ello que se escapa a mi experiencia personal. Recozco que he trabajado muuuy poquito, diría nada, con B (salvo que sea B+E que entonces en maniobras me hago cargo) y que me relaciono bastante poco con docentes de ese tipo de permiso. Así que, si me das alguna idea al respecto, te estaré agradecido. Aunque sólo sea para no quedarme con cara de panolis cuando algun compañero habla del tema y me mira esperando mi aprobación, mientras lee en mis ojos una callada respuesta que dice… “el alumno es tonto, pero tú no creo que te quedes atrás, chiquitín”. Claro que, me la callo, porque estoy sacando conclusiones sobre algo que desconozco y a lo mejor es que hay motivos importantes… ¿o no?

5 03 2008
Josep Camós (01:48:33) :

No es que no le deje tocar los pedales. Simplemente lo llevo a una zona libre de problemas. La cuestión es que el primer día no sé cómo viene, de manera que no lo pongo a circular por una calle megamasificada sino que prefiero llevarlo hasta una urbanización muy tranquila y allí empezamos de cero. Eso sí, el paseíllo hasta la urbanización (unos cinco minutos) es la última vez que el alumno va en el coche tocándose las narices. A partir de que le explico dónde están las marchas y los pedales (y las luces, y el limpiaparabrisas, etc) el alumno es el que lleva el coche palante, patrás y pa los laos.

Yo también me hubiera mosqueao si me hubiesen entretenido durante tres prácticas. Mis alumnos saben (porque yo se lo digo expresamente) que a mí no me gusta perder el tiempo, que a mis clases se viene a trabajar.

De todas formas, lo que intuyo que quieren decir tus compañeros es que hasta la tercera clase no dejaron tranquilo el doble-mando. Por lo que me han contado, antiguamente se usaba mucho, mientras que hoy en día lo reservamos para casos de emergencia, al menos en la autoescuela donde trabajo yo. De esa manera el alumno tiene una percepción realista de lo que está haciendo en cada momento.

5 03 2008
sob (09:55:15) :

Hola.
Creo que, desde el punto de vista del alumno, lo que le tiene que quedar muy claro es que las manos y los pies “aprenden”, y que conducir debe ser un acto reflejo, de manera que la atención se ha de centrar en el tráfico circundante y las condiciones de la vía. Y pienso que, hasta llegado ese punto, no se debería presentar a examen nadie.
Recuerdo cuando mi mujer se sacó el permiso. Unos meses antes, nos íbamos con el coche a un polígono industrial los sábados por la tarde y los domingos por la mañana. Allí aprendió a manejar el vehículo (que no a conducir, para eso están los profesionales), de manera que, cuando fue a la autoescuela y pasó la inevitable etapa de nervios, sólo tuvo que adaptarse a otro coche, y cuando se dio cuenta de que los mandos están en los mismos sitios, podía dedicar más atención al “profe” y menos al manejo del coche. Parece un absurdo, pero creo que si alguien te habla mientras piensas “dónde coño está el embrague, ese que tengo que pisar con el pie izquierdo…”, no le prestas la más mínima atención a alguna de las dos acciones, y lo más probable es que sea a la explicación del “profe”.
Atenciones aparte, Aitor, has de pensar que hay gente que no coordina sus miembros como quisiera. Y no poca, la verdad. Por esta misma razón hay gente que es incapaz de tocar la batería, la guitarra, el piano…; y conducir sin pensar requiere destreza innata o, en su defecto, mucha práctica. Yo particularmente admiro a Josep, que tiene los cojones como el caballo de Esparteros, por subirse de “copi” con gente que no conoce ni sabe cómo le va a reaccionar. Por mucho doble mando que lleves, como te lie una gorda, creo que la hostia no te la quita ni San Pedro, o al menos un buen susto.
Salu2
sob

5 03 2008
Aitor Álvarez (10:01:40) :

Visto así no tiene ninguna pega y es hasta lógico; más o menos lo que yo haría y supongo que cualquiera. Imagino que algunos de mis compadres sí quieran decir eso y otros, lamentablemente porque me consta, se dediquen a embragar y acelerar ellos mismos dejando que al alumno maneje el volante o al revés, dejando que maneje los pedales y ellos el volante (que ya es incómodo).

Yo con el trailer al principio hacía eso: los llevaba a carretear, generales viejas, secundarias, autopista… buscando que se hayasen cómodos con el vehículo. Mi jefe así lo hace siempre y como él la mayoría de los profesores. Pero un día me fui de excursión (así llamo yo a irme con un compañero en su vehículo cuando me aburro :P) con el abuelo de la autoescuela; un tipo que lleva nada menos que 40 años dando clases y 20 de esos con vehículos profesionales. Este tipo, maravillosa persona y mejor educador, les mete directamente en ciudad. Se pira a Bilbao capital y ale, a callejear por sitios que ni yo en ciertos momentos creí que podríamos entrar. Y comparando vi que los alumnos eran capaces de quitarse unas cuatro clases de encima. Así que, por mí y por ellos decidí empezar así, en plan fuertecito. Algún susto me he pegado, pero bueno, al final merece la pena.

Me han comentado que quizá en un tiempo necesiten que coja el coche… dios mío, ya estoy con úlceras y malestar de pensarlo. ¡bastante tengo con mi mujer! :D

5 03 2008
Josep Camós (10:45:11) :

Aitor:
Te aseguro que como cojas a un alumno de B y lo estrenes a lo bestia, se te puede romper. No voy a dar detalles porque no me interesa, pero estoy sufriendo en mis carnes las consecuencias de que alguien hiciera eso mismo. Nada, cosas de un profesor muy majo que tuvimos y que lo único que consiguió fue aterrorizar a unos cuantos alumnos que sólo levantan cabeza cuando les das una buena dosis de confianza.

No olvides que tus alumnos de C, D, C+E o D+E ya están hartos de circular con sus coches. Esa diferencia es fundamental. Échale un ojo (otra vez) al post y ahí tienes una escala ascendente de dificultad para comenzar alumnos de B. No está demasiado detallada por aquello del secreto del chef, pero con un poco de cabeza puedes hacerla tuya si lo necesitas para volver al coche.

5 03 2008
José LUis (21:10:58) :

No se si revelaré algún secreto que debería callar, pero el primer día de clase mi profe me subió a su coche y nos fuimos a un lugar tranquilo en Barcelona. Él condujo y yo iba de copiloto, sin tocar los pedales. Durante el viaje me fue explicando el embrague y demás.

En ese lugar tranquilo fue donde me dejó coger el coche. Era un parking (o algo parecido) y yo iba en línea recta. Al llegar al final giraba todo el volante, daba media vuelta, y otra vez recto.

Así, durante media hora. Luego salimos ya a la ciudad. Era muy temprano y casi no había tráfico. Yo seguí conduciendo, girando a derecha e izquierda según me decía.

Así fuimos tirando, en dirección Lesseps, donde me tenía que dejar. A unos 15 minutos de Lesseps, me hizo bajar, y tomó él el volante. Hasta la siguiente clase ya no conduje mas. En ese momento había más tráfico y yo iba demasiado lento, y me ponía nervioso cada vez que tenía detrás mío a alguien.

Ni que decir tiene que en las rampas era él el que manejaba el embrague, y yo el acelerador.

En la cuarta clase sí que conduje yo hasta Lesseps.

Guardo muy buen recuerdo de lo que me enseñó. Si no aprendí más, fue culpa mía, no suya.

:-)

6 03 2008
Alfredo (10:20:40) :

Yo tengo un “tierno” recuerdo de mi primera clase práctica. Era de noche (las 7 o 7 y media de la tarde a finales de enero, si no recuerdo mal), llovía a cántaros y tuve que conducir por la carretera de Paracuellos del Jarama, que se caracteriza por sus encantadoras curvas y pendientes.

Me acuerdo de que conducía despacito, aterrorizado, no veía nada y no me llegaba la camisa al cuerpo. Fue un invierno frío, pero en ese momento yo sudaba a chorros. Ahora me hace gracia pensar en ello, pero en aquel momento yo no se la veía :-)

6 03 2008
José LUis (20:29:46) :

Que suerte Alfredo, de todas las prácticas que hice ni una fue con lluvia. Año 2006/2007, preludio de la sequia que vivimos a día de hoy.

Eso sí, en una de mis salidas con mi coche (y mi “L”) me llovió todo lo que no llovió en las prácticas, con intereses acumulados (casi pensé en comprarme una zodiac aquel día).

:-)

6 03 2008
Josep Camós (22:02:05) :

Yo tampoco hice ni una sola práctica con lluvia. Entonces era tan cenutrio que me alegré de no haber tenido que usar jamás el limpiaparabrisas.

Afortunadamente para mí, he cambiado mucho con el tiempo. Ahora sigo siendo igual de memo, pero entiendo que un alumno debe conducir con lluvia, aunque no sea la experiencia extrema de Alfredo, que eso no sé hasta qué punto ayuda o es contraproducente (dependiendo del alumno, claro).

7 03 2008
sob (12:04:40) :

Hola.
Pues puestos a contar, yo hice una sola práctica.
Y a examen.
Y las pasé p*t*s para adaptarme a ir tan despacio y (según me aconsejó el “profe”) tan “novato”. Un día para olvidar.
Salu2
sob

8 03 2008
Alfredo (13:37:07) :

A decir verdad, creo que mi experiencia con aquella primera sesión me marcó durante el resto de las prácticas y me metió una especie de miedo absurdo al coche que me ha durado demasiado tiempo. También tengo que confesar que tuve que repetir tres veces el práctico: la primera vez los nervios hicieron que la cagara desde el mismo momento en el que arranqué y la segunda no miré antes de entrar en una glorieta.

Después me independicé (léase “huí de casa de mis padres por razones de salud mental” :-)) y me pasé unos ocho años sin tocar un coche. Cuando hace casi tres compré el que tengo ahora, di unas cuantas clases prácticas en una autoescuela del barrio… y vaya cambio. Tuve una instructora majísima, con una paciencia de santa y con la que era una delicia circular por ahí.

Yo también creo que es bueno que el alumno conozca la mayor variedad de situciones posibles (incluyendo la lluvia, por supuesto). Lo que no tengo tan claro es que sea buena idea ponerte a conducir con lluvia el primer día, cuando casi no sabes si hay tres pedales o dos y para qué sirven y si tienes que girar el volante en las curvas o mantenerlo recto.

8 03 2008
Josep Camós (21:18:32) :

Cuando era pequeño, con 5 o 6 años, mis padres me apuntaron a la piscina para que aprendiera a nadar. Todo normal, ¿verdad? Bueno, pues de normal aquello no tenía nada. El método pedagógico de la época consistía en cogernos en volandas y arrojarnos al agua cual fardos de ropa, a ver quién era capaz de sobrevivir a la insólita experiencia.

Yo no fui capaz.

Aprendí a nadar con 33 años. Los médicos que me operaron de la espalda me recomendaron la natación para la salud de mi columna vertebral, pero yo estimé que teniendo en cuenta mi estilo pez-plomo ese deporte sería algo dañino para mi aparato respiratorio, así que me apunté nuevamente a la piscina, ese lugar que durante más de 20 años me había causado sarpullidos sólo con pasar frente a la puerta.

Cuando me metí en el sector de la enseñanza sobre ruedas decidí que jamás jugaría a meter el miedo en el cuerpo de los alumnos. Es un sinsentido que únicamente reporta aspectos negativos. El tráfico ya es suficientemente terrorífico per se y ya pone suficientemente nerviosos a los alumnos como para añadirle según qué ocurrencias.

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