El croissant de jamón y queso

10 04 2008

Tenía hambre esta mañana, así que me he decidido a parar en una bocadillería que tenemos en una de las zonas de examen antes de llegarme a la autoescuela. Bocadillo de jamón y cocacola, que ando un poco dormido todavía. Es muy lunes hoy.

Cojo un periódico comarcal y me siento en una de las mesas. Mis ojos recorren la portada y se posan en un titular que habla de un siniestro mortal sucedido en una población vecina. Abro el diario y paso páginas mirando titulares y alguna línea suelta. Llego por fin a la noticia que me ha llamado la atención.

Ramon Ferrandis

Habla de dos chavales de 18 años que sufrieron una aparatosa colisión en la noche del sábado. Uno de ellos conducía el vehículo, un Honda Prelude. El otro, que había sufrido un leve siniestro con una moto aquella misma mañana, lo acompañaba. Volvían de cenar en un restaurante.

18 años. Eso quiere decir que iban con la “L”. Leo los nombres y sus poblaciones de origen. Son dos pueblos pequeñitos que quedan junto a la localidad donde yo trabajo. En forma de flash me pasa una idea por la cabeza. Pienso literalmente: “Ay, a ver si…”

Cierro el periódico y me voy hacia la autoescuela.

La secre me abre la puerta. Veo caras largas. La noticia que me ha llegado por la prensa ha sido el triste acontecimiento que ha marcado la vida del pueblo durante el fin de semana. El mazazo viene de la mano de mi jefa: el conductor del vehículo siniestrado se había formado en nuestra autoescuela. Me enseña la ficha, que muestra la imagen de un chavalín sonriente, y busca en el ordenador el registro de prácticas. El chico tomó lo que yo considero un número insuficiente de clases, subió a examen, tuvo mala suerte y aprobó sin más problema. Mi jefa está que se sube por las paredes. Si tiene una idea fija, esa es que la gente salga de allí bien enseñada.

Cuando llega mi turno de palabra, siento que me enciendo al hablar de las prisas que tienen muchos alumnos por subir a examen cuando apenas saben lo que es un coche y lo que supone circular por estos mundos de Dios. Le cuento a mi jefa una vez más mi cabreo supremo con la actitud de quienes regatean una práctica mientras en la puerta de su casa les espera un coche que les queda grande por todas partes y para cuya compra no han escatimado recursos. Eso es empezar la casa por el tejado.

Sí, estoy indignado.

Aunque trabajo en una localidad donde viven más de 15.000 habitantes, todos los chavales se conocen entre sí aunque no compartan año de nacimiento. Es increíble. Le puedes hablar a cualquiera de mis alumnos de otro de ellos y te dirá: “ah, sí, Fulanito”. O como mucho, te pedirá que le confirmes si la persona a la que te refieres es “el chico alto del pelo rizado”, por decir algo.

Así que me espera una tarde larga, muy larga. Mi habitual e inocente pregunta (”¿qué tal, cómo estás?”) hoy cobra mucho sentido. En algunos casos, quizá cobra demasiado sentido. Una alumna a la que normalmente le tengo que insistir para que no corra hoy es la imagen de la prudencia al volante. No me cuenta nada, apenas habla. No me atrevo a preguntarle por el asunto, así que no sé si su actitud se debe al impacto de lo que ha sucedido o bien simplemente se trata de una evolución más en su camino hacia la mejora que ha ido trabajando en las últimas sesiones, de lo cual, por cierto, estoy muy orgulloso.

El siguiente alumno me saca el tema sin pensárselo dos veces. Uno de los fallecidos era amigo suyo. Mi alumno es de los que engañan a primera vista. Un tío tan grandote y tan centrado no parece tener 18 añitos, por mucho que lo diga su ficha. Su mirada, que normalmente equidista entre la alegría y el rigor como conductor, hoy me asusta. El suyo es el rostro de la preocupación. Miro sus ojos a través del retrovisor. Hoy no controlo si busca o no los vehículos que nos siguen. Hoy veo su dolor, leo su tristeza, lo oigo llorar sin derramar una lágrima ni reprimir un solo sollozo. No le hace falta. Su silencio es elocuente.

- ¿Lo entiendes ahora? -, rompo su luto atacándole con suavidad pero con firmeza. Aprendí a hacerlo cuando trabajé los cursos de sensibilización. Ya no puedo hacer nada por estos dos chavales, pero puedo intentar que la cosa no vaya a más, así que prosigo: - ¿Entiendes ahora por qué os cuento lo que os cuento?

- Sí, claro que sí -, no tiene ganas de hablar, y en líneas generales le respeto el silencio.

Un rato más tarde tengo una alumna que me supera en años. Tiene un hijo de 18 primaveras que también se está sacando el permiso, aunque con otro profesor. Ella saca el tema porque le tocó de cerca. El sábado por la noche unos amigos llamaron a la puerta de su casa. Serían las doce o así.

- ¿Está tu hijo en casa?

- No, no está aquí. Ha salido.

- ¿Adónde ha ido?

- Iba a ir de cena con sus amigos, pero al final me parece que no ha ido porque andaba algo justo de dinero.

Su hijo ha perdido a uno de sus mejores amigos. Ella ha estado a punto de perder a su hijo. Le hago una práctica sencilla para que acabe de encontrarle el truco a las rampas y la devuelvo a casa envuelta en un halo de tristeza.

El siguiente alumno es un chaval la mar de majo que normalmente no calla ni debajo del agua. Hoy no será una excepción, y la historia que me cuenta él es la que más me impacta:

- Pues el chico este era colega del bar, de ir a tomar algo a media jornada y encontrármelo allí y comentar la jugada y tal. Y era muy amigo del hijo del dueño del bar. El caso es que yo he ido a desayunar esta mañana y me he encontrado la persiana echada. Que me ha sonado raro, pero bueno. Y resulta que era…

Mi alumno se queda en silencio. Más tarde retomará el relato:

- Pues se ve que el hijo del del bar tenía que ir con estos a cenar, pero al final no fue.

- Vaya, pues mira, otro como el hijo de la alumna que he tenido antes, que a punto estuvo de ir con ellos en el coche.

- Oye, ¿sabes qué es lo más fuerte? Que el dueño del bar siempre nos hace unos croissants de jamón y queso. Prepara tres: uno para mí, uno para una chica que va allí cada día y otro para el chaval del accidente. Hoy ha sobrado un croissant. He visto que quedaba uno en la bandeja y entonces he sido verdaderamente consciente de lo que había pasado. Es muy raro, pero hasta que no he visto la bandeja era como si no… Al final le he tenido que pedir al dueño del bar que quitase aquello de allí.

Llevo un rato leyendo y releyendo este texto y no sé cómo acabarlo. Creo que, como le pasó a mi alumno con el croissant de jamón y queso que tanto le reveló, a mí esta entrada me empuja a pensar que, por mucho que me duela, estoy explicando una historia sin fin.


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12 respuestas a “El croissant de jamón y queso”

10 04 2008
Aitor Álvarez (09:54:01) :

Un prelude… eso preludiaba lo que iba a pasar.

10 04 2008
rakanu (22:08:22) :

Un texto perfecto, lástima que no sea ficción.

10 04 2008
José LUis (22:47:19) :

Pobres chicos.

Quizás habría que hacer como con las motos, y limitar la potencia del coche de un conductor novel.

Sin el quizás. Seguro que habría que limitar la potencia.

Por desgracia no serán las últimas víctimas, no.

10 04 2008
Kelpie (23:35:05) :

triste… pero cierto

11 04 2008
Alex (03:21:48) :

Un Prelude (ya potente de por sí) como primer coche tras sacarse el carnet con 18 años y como bien dices con clases insuficientes me parece una temeridad.

Yo con 23 años, me saqué el carnet en Noviembre de 2007 aprobé el teórico a la primera y el práctico con 6 clases, estuve a punto de suspender, no por ser insuficientes ya que me desenvuelvo muy bien y me gustan los coches sino por los típicos nervios del examen, el caso es que voy con un fiesta del 93 de 105cv y en algún momento me parece potencia de sobra para mí y eso que ya tengo “cabeza” por decirlo así.

Con esto quiero decir que era algo anunciado este suceso (ojala me equivocara) y nunca hubiera pasado.

Un saludo desde Almería y a seguir educando a est@s chic@s lo mejor que puedas.

P.D. Interesante blog sin duda, lo añado a favoritos.

11 04 2008
Alfredo (12:26:08) :

Una pena lo de esos chavales. La muerte de gente tan joven siempre es algo trágico, pero creo que realmente no se aprecia en toda su dimensión hasta que te tocan de cerca. Por otra parte creo que resulta muy difícil evitar que estas cosas sucedan. Hay muchos factores que ejercen presión para que esto sea así:

1. La presión económica. Las prácticas cuestan dinero, un dinero que los chavales o bien no pueden permitirse o a sus padres les cuesta desembolsar, así que, cuantas menos hagan falta, mejor. Las autoescuelas sólo quieren sacarte el dinero.

2. La posesión y conducción de un coche como un derecho inalienable (ya sé que has hablado de esto en otras ocasiones, Josep). ¿Cómo no vas a tener coche? Tienes que sacarte el permiso como sea, porque si no, ¿cómo vas a salir con los colegas o ir a trabajar? Si no tienes coche, eres un pringao.

3. La velocidad y la conducción temeraria como medios para ganarse la admiración de otros chavales (o chavalas, según gustos ;-) Y ya sabemos que a esas edades es algo fundamental y a todos nos ha pasado). Hay muchos que no superan esta etapa ni después de cumplir los cincuenta.

4. Los vehículos que se ponen al alcance de los chicos: pequeños y muy potentes en la mayoría de los casos, con facilidades de pago y que, digan lo que digan, y con la hipocresía característica de nuestra sociedad de consumo, se siguen anunciando de forma más o menos disimulada con la velocidad como uno de sus principales atractivos. Y hay que probarlos, hombre. ¿Cómo no les vas a dar un poco de caña, si cogen los 100 en un suspiro? Si están hechos para eso…

Por cierto, que cada vez veo más chavales jovencitos al volante de BMW y Audi. Sospecho que, viviendo en casa de sus padres y sin tener que preocuparse por otros gastos y responsabilidades, más de uno invierte el sueldo de su trabajo basura en pagarse un bólido de éstos y flipar con los amiguetes. No me parecería mal si luego no pasara lo que pasa.

5. El desprecio sistemático de cualquier norma y del concepto de responsabilidad personal. Lo que le pase a los demás me la suda y la DGT sólo quiere nuestro dinero (y la culpa de los accidentes sólo la tiene la mierda de carreteras que tenemos y los radares, que la gente se asusta y frena sin pensar; si yo controlo, oiga).

Y para terminar un discurso muchas veces repetido: así nos luce el pelo, trágicamente.

12 04 2008
madre de Helena (23:29:34) :

Es la segunda vez que lo leo.
La primera no pude poner nada.
Hoy he tenido un mal día.
Tenía una reunión con otras madres y padres que han perdido a sus hijos, una de ellas 2 a la vez.
En la desviación que tenía que tomar, había un accidente, un motorista esta en el suelo y la moto en posición vertical completamente clavada en los quitamiedos.
Me he puesto tan nerviosa, me he perdido.
Mi acompañante, una chica muy joven que perdió a su marido y a su bebe e incluso ella estuvo a punto también de morir, por un conductor borracho, intentaba consolarme.
Hemos tenido que dar una vuelta enorme, hasta que me he centrado y hemos encontrado la forma de llegar a nuestro destino.
Nuestro destino era una reunión para luchar por los accidentes. Había una persona nueva, un padre que ha perdido a su hijo atropellado en un paso de cebra por una conductora borracha.
Antes de perderme, comencé a llorar. Cuando llegó este nuevo padre, reinicié nuevamente el lloro.
Contadles estas cosas a vuestros alumnos, los que sois profesores.
Ya sé que son muy tristes, pero es más triste que sus padres tengan que hacer lo mismo que nosotras.
Flor, madre de Helena.

12 04 2008
Aitor Álvarez (23:49:05) :

El problema Flor, es que casi ninguno las escucha. Y si lo hacen, les aparece en la cara una mueca entre burlona y risa nerviosa. ¿Qué pinta este niñato contándome a mí que llevo 20 años conduciendo este tipo de cosas? Claro, que igual a gente con más edad no le pasa eso… supongo que lo normal es que tu profe te saque unos años. Aunque siempre hay excepciones que a uno le devuelven la motivación (hoy tuve un alumno de esos por los que merece la pena seguir trabajando bajo una ele).

Y no dudes que intentaré seguir transmitiendo eso a mis alumnos, incluidas las anécdotas. Además, en cada vehículo de mi autoescuela -menos en uno, que no la quiere llevar por temas de leasing- hay una pegatina que dice: Quiero conducir, Quiero vivir. Lo primero que hacen al verla es reírse: que cursi, tío. Luego cuando les dices: mira, también está en mi coche, en el trailer, en el autobús, el camión, el otro trailer, el remolque, el coche del jefe, en el de José Luis…

Ah, pero qué pasa, ¿qué os obligan a llevarlas?
Pues no, en absoluto… lo hacemos de muy buena voluntad.
¿Coño y eso? ¡Si parece una mariconería!
Ya ves… concienciación pura; quiero conducir y bajarme vivo del coche cuando yo quiera, sin que nadie me joda.
¿Y de donde vienen las pegatinas?

Entonces les cuento que conozco a una madre que lucha bastante y que perdió a su hija, que es la que firma la pegatina. Desde ayer también cuento que el último disco del Canto del Loco tiene algo de eso. Les hablo de que un borracho partió en dos una vida… se callan, bajan la cabeza y siguen. Otros se disculpan. Algunos incluso piden una pegatina.

13 04 2008
madre de Helena (15:38:11) :

Gracias…¡¡¡¡……!!!!!!!!!
No sé como se pueden escribir las lagrimas.
Flor, madre de helena.

13 04 2008
Josep Camós (15:49:40) :

Aitor dijo:

El problema Flor, es que casi ninguno las escucha. Y si lo hacen, les aparece en la cara una mueca entre burlona y risa nerviosa. ¿Qué pinta este niñato contándome a mí que llevo 20 años conduciendo este tipo de cosas?

Tengo yo un chavalín de casi 19 años, muy majo él y muy inteligente, que se ríe de todo lo que le digas, cuentes o expliques. Cuando le miro a la cara tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no ver un cadáver que todavía no ha muerto. La última tontería que se le ha ocurrido es cambiar de la noche al día y circular a velocidad moderada sólo para no escucharme. Como mucho le durará hasta el día del examen. Luego volverá a pisarle en lugares inverosímiles. Si cree que me engaña, es que no ha entendido que el engañado es él mismo.

Es una lástima. Espero que al menos no mate a nadie cuando se suicide con el coche.

¿Soy duro? Sí. Cuando a una persona le tienes que frenar continuamente al ir por una callejuela en la que puede irrumpir cualquier peatón sin avisar, cuando ves que pega unos acelerones salvajes para acabar frenando al cabo de unos metros en un semáforo, cuando le has dicho claramente que respetar un límite de 60 Km/h puesto en una intersección peligrosa que atravesamos cada día puede significar la diferencia entre sobrevivir o morir y el chavalín se te ríe a la cara, es momento de ser duro. Si no me importara su vida, no me pondría en este plan.

20 04 2008
Alvaro (14:15:34) :

Aupa Josep, como andamos?. :) Me he venido por aqui como hago de vez en cuando a ver que escribes y creo que en este articulo hay algo que tienes en cuenta.

En el caso del accidente yo no considero que se haya matado por haber tenido la mala suerte de haber aprobado aun sin estar suficientemente preparado, simplemente se ha matado por hacer el gilipollas y el subnormal profundo con el coche.

Sin mas.

29 06 2008
Josep Camós (10:56:32) :

Alvaro, si una persona se pone a hacer el gilipollas y el subnormal con un coche entre manos es precisamente porque no está suficientemente preparado.

No caigáis en el error de pensar que la formación de un conductor se limita a saber hacer cosas y a saber cómo hacerlas. Igual de importante es querer hacerlas. En el caso de este conductor, falló esta dimensión de su formación.

Dicho de otra manera, una persona que tenga un buen manejo del vehículo y esté convencido de que lo controla tanto que puede hacer lo que le dé la gana es un firme candidato a morir en la carretera por sus actitudes al volante.

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