122 años pidiendo ocho horas… y algo más

1 05 2008

El Día del Trabajo lo celebramos descansando. Es una de esas dulces incongruencias que tiene la sociedad actual. Es un día para la reivindicación, dicen aquellos cuyo trabajo es reivindicar. Y el Primero de Mayo se convierte en el día de más trabajo para ellos. El resto pasamos esta jornada conmemorativa tumbados a la bartola. Las reivindicaciones las guardamos para la barra del bar, que es el foro clásicamente patrio para la realización de estas actividades.

“Ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa” fue la máxima que, convertida en eslogan, se convirtió en el espíritu de la protesta revolucionaria que llevó a los trabajadores a tomar las calles el Primero de Mayo de 1886. Conseguir una jornada laboral de ocho horas diarias, tal y como reconocía la Ley, fue el objetivo de los manifestantes. La protesta fue especialmente sangrante en Chicago, donde la manifestación duró hasta el día 4 de mayo. Se saldó con el asesinato de muchos de los obreros que pedían rebajas en los turnos de trabajo y el ajusticiamiento de los instigadores de la protesta, que se mantuvieron firmes en sus convicciones hasta el último momento.

Hoy, cuando los sindicatos fantasean con la idílica posibilidad de conseguir una jornada de 35 horas semanales, aún es hora de que los trabajadores consigan una jornada real de 40. Que sus “ocho horas para el trabajo” sean de verdad, no una convención que consta en los papeles porque así debe constar mientras de tapadillo se les obliga a trabajar mucho más. No me quejo por mí, que estoy mejor que quiero, sino por todos los compañeros que me cuentan que con esta profesión puedes acabar bien el mes, sí, pero siempre a cambio de hacer más horas que un reloj. Jornadas que comienzan a las seis de la mañana y acaban a las nueve de la noche con apenas una hora para malcomer no pueden ser el ideal del trabajo bien realizado. Es la cantidad frente a la calidad.

Un apunte. Como sabes, los vehículos pesados deben disponer de un tacógrafo para registrar todos los movimientos del conductor: cuándo maneja el vehículo, cuándo descansa, y cuándo lleva el vehículo al taller son datos que quedan registrados para su posterior supervisión, tanto por parte de la empresa como por parte de la Policía. Son profesionales de la conducción, así que sus movimientos tienen que estar muy vigilados, muy controlados.

Los vehículos que sirven al alumno para aprender a conducir no están sometidos a seguimiento. Lógico: el alumno pasa poco tiempo al volante. Pero, más allá del tiempo que emplea el futuro conductor para aprender, hay un trabajador que pasa esa hora o dos horas de su alumno multiplicada por el número de sesiones que tenga al día.

¿No puede el profesor de formación vial cansarse tanto como un camionero o un autobusero? Al fin y al cabo, el conductor de pesados se limita a transportar personas o bienes de un lugar a otro, que ya es. En ningún momento se me ocurriría decir que eso no fatiga al conductor, porque efectivamente cansa lo suyo. Pero es que el profesor de formación vial, a la vez que controla la conducción de una persona que no sabe lo suficiente como para circular en solitario, está explicando, preguntando, escuchando, y pensando en lo que deberá hacer su alumno a continuación para progresar en su aprendizaje. No es lo mismo que estar al volante. Cansa mucho más.

La banalización del volante

El hecho de que hoy la movilidad sea una necesidad de la población ha banalizado el uso del volante. Es una banalización, una pérdida de importancia, que se evidencia no sólo en la ejecución de la ruta diaria de casa al trabajo y del trabajo a casa, sino ya en el momento en que el futuro conductor se forma. El mismo problema que nos encontramos cuando fijamos el cansancio y la distracción como estrellas de la siniestralidad nace ya cuando el conductor está aprendiendo a llevar el vehículo, y a menudo nace de la peor manera posible: de la convicción personal que trae el alumno de su casa, que se confirma con el mal ejemplo que le da el formador vial.

Gracias a las formas que figuran en el Reglamento General de Conductores para evaluar a los aspirantes, el proceso de aprendizaje de la conducción se convierte a ojos del alumno en un mero trámite que poco tiene que ver con la idea de aprender para evitar morir en el asfalto. Y es tarea del formador vial hacerle cambiar de actitud. Por otra parte, el papel del formador vial resulta crucial a la hora de desmentir la imagen de la conducción como un trámite despojado de riesgo y compatible con tantas otras actividades que realizamos, como comer un bocadillo o echar un trago de agua. Pero, ¿cómo no van a ser actividades compatibles a los ojos de nuestros conductores, si los mismos formadores viales que afirmamos que la fatiga y la distracción llevan al siniestro nos pasamos horas y horas empotrados en un asiento, mirando distraídamente por la ventana y hablando por el móvil mientras damos clase?


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3 respuestas a “122 años pidiendo ocho horas… y algo más”

1 05 2008
José LUis (12:49:15) :

Y es algo incomprensible, porque 10 horas después ya no tienes la misma atención que al empezar por la mañana. Y para colmo estás haciendo circulación por vias muy diversas: calles en la ciudad, autopista, carretera,…

Te sale un peatón, el alumno no reacciona a tiempo, y peatón atropellado porque el profe ya está medio dormido del cansancio acumulado.

Como siempre, hasta que no pase algo muy gordo no se cambiarán las leyes.

Por otro lado, la formación debería ser más exhaustiva. Empezar con un simulador para luego pasar a la conducción real. Como los aviones.

¿Cuántos conductores se subirían a un avión si supieran que el piloto obtuvo el permiso de volaro como ellos obtuvieron el de conducir? :-)

1 05 2008
Josep Camós (13:04:04) :

Mira, ahora que lo comentas, cuando yo era alumno de B comencé a buscarle el intríngulis al embrague en una especie de simulador que tenían en la autoescuela. Era muy rudimentario, pero funcionaba de coña. Un día de estos os lo cuento en forma de post. :-D

5 05 2008
Aitor Álvarez (17:09:16) :

¿Y de qué serviría, si como ocurre hoy en día con los camiones, acabaríamos metiendo 16 horas al día igualmente, por aquello de los vacíos legales?

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