La respuesta correcta es “azul”
7 05 2008“Ay, qué examinadores tenemos…”, se lamentaba Santiago Medrano en la revista Autoescuela del pasado mes de abril. El comentario con que acababa su sección respondía a una carta remitida por un profesor donde se denunciaba que un examinador había descalificado a un aspirante por no ceder el paso a los peatones en un paso de peatones inexistente. Cosas de las obras: donde ayer había un paso hoy hay un suelo inmaculado en su negritud, que vamos faltos de presupuesto como para pintar unas cuantas franjas blancas en medio de la calle. Ah, pero el examinador trabajaba de memoria. Total, que marcó “no apto”. A cagar a la vía.

Siempre que comento con los alumnos el tema del examen, les hago hincapié en que deben tratarlo como una práctica más, sin darle mayor importancia. Les desmiento abiertamente la estúpida teoría de que los examinadores son unos seres malignos con cuernos, rabo y que huelen a azufre y les doy algunos consejos básicos que bien pueden aplicarse tanto en lo que respecta al examen como en lo que será su conducción diaria cuando lleven la “L” en la chepa.
Normalmente, el día del examen el funcionario público que evalúa al alumno no me defrauda ni contradice mis advertencias. Se comporta como uno espera que se comporte. Es una persona que está desempeñando su función de decidir si el aspirante es capaz de combinar seguridad y eficacia en su conducción cuando circula por vías abiertas al tráfico. Y además suele tener en cuenta que el alumno está nervioso, de manera que no le busca demasiado las cosquillas e incluso tiende a echarle un cable, sobre todo durante los primeros minutos del examen. “Como norma general”, que decimos en teórica.
Es cierto que los hay más secos que la cantimplora de Lawrence de Arabia y otros más dicharacheros que la rana Gustavo. Los hay que parece que les debas algo y los hay que son más campechanos que un habitante de la Zarzuela desplazado a Baqueira-Beret. Sin embargo mis alumnos saben que a esas cuestiones no hay que darles mayor importancia, que ellos deben centrarse en lo que están haciendo y dejar de lado si el examinador es alto, rubio y tiene los ojos azules o bien es más feo que pegarle a un padre.
Con todo, en ocasiones te encuentras con uno de esos casos que te desmontan y te desacreditan por todas partes. Por alguna oscura razón que no acierto a comprender, entre nuestros examinadores tenemos a un elemento extraño.
¿He dicho “extraño”? A ver…

extraño, ña.
(Del lat. extranĕus).
1. adj. De nación, familia o profesión distinta de la que se nombra o sobrentiende, en contraposición a propio. U. t. c. s.
2. adj. Raro, singular.
3. adj. Extravagante. Extraño humor, genio. Extraña manía.
4. adj. Dicho de una persona o de una cosa: Que es ajena a la naturaleza o condición de otra de la cual forma parte. U. t. c. s. Pedro es un extraño en su familia.
5. adj. Que no tiene parte en algo. Juan permaneció extraño a aquellas maquinaciones.
6. m. Movimiento súbito, inesperado y sorprendente.
7. f. Planta herbácea de la familia de las Compuestas, con tallo rollizo, velloso y guarnecido de muchas hojas alternas, aovadas, lampiñas, con dientes desiguales, y tanto más estrechas cuanto más altas están; flores terminales, grandes, de gran variedad de colores, pues las hay blancas, azules, moradas, encarnadas y jaspeadas. Procede de China, y se cultiva mucho como planta de adorno.
Sí, la palabra es “extraño”. Se le pueden aplicar sin riesgo a equivocarse las acepciones números 1, 2, 3, 4 y 5; y la 6, de forma adjetivada. De la aplicación de la acepción número 7 no estoy seguro. Más que nada porque el hombre no tiene pinta de asiático.
Ya al verlo llegar uno intuye que este examinador no es como los demás. Ni siquiera saluda. Entra en el coche sin más y dice que nos vamos. A mi abierto y sincero “buenos días” responde con un “nsdía” de trámite y repite que nos vamos.
Pues vale. Nos vamos.
Mientras recorremos las primeras calles, el examinador me devuelve unas hojas de los expedientes de mis alumnos. Hay errores administrativos en ellos. Al parecer, no es una gestión que pueda esperar al final del examen, cuando me comunique sus veredictos. Me pasa los papeles por encima del hombro, yo los miro rápidamente y los guardo como puedo, que mi función con el coche en movimiento no es mirar documentos sino que se centra en garantizar la seguridad del vehículo, sus ocupantes y el resto de usuarios de la vía.
El examinador lleva a mis alumnos de paseo por un barrio muy concreto. Me da la impresión de que estamos haciendo el reparto del cartero, porque no nos dejamos ni un solo callejón por visitar. Adiós a mis palabras habituales según las cuales “el examinador sólo quiere ver cómo lo hacéis en el mayor número posible de situaciones variadas”. Me da la impresión de que este señor lo único que hace es pasar el rato: rampa arriba, rampa abajo. Y pasa a segunda, y pasa a primera. Y otro ceda, y otro stop. Y ya van quince de cada.
Hay un detalle que primero me hace gracia, y luego veo que en realidad dice mucho más de lo que parece. El buen hombre comienza el examen utilizando la fórmula “próxima que pueda, a la derecha, próxima que pueda, a la izquierda”. Pues vale. Luego, pasa a decir de forma abreviada y desordenada “próxima derecha que pueda, próxima izquierda que pueda”. Bueno, se le ha ido el hilo y se ha despistado. Pero cuando acaba con un cansino y mustio “derechapueda, izquierdapueda” me pregunto en qué está pensando exactamente ese hombre mientras desempeña su función como evaluador.
Cuando el último alumno que se examina conmigo suspende estrepitosamente porque le agarro el volante para evitar que gire en un lugar donde no está permitido, el examinador me pasa por encima del hombro los documentos de los tres aspirantes. En esos momentos yo no puedo estar por los papeles que me da. Todavía estamos circulando, el alumno que llevo al lado sabe que ha suspendido y más que nunca tengo que estar pendiente de los espejos y el doble mando, no vaya a ser que al chaval se le crucen los cables y nos la líe. Los papeles van directos a la carpeta. Ya hablaremos cuando lleguemos a la zona de salida del examen…
Pues no. No hablamos. El último alumno todavía está poniendo el freno de mano y el examinador ya está abriendo la puerta mientras dice “bueno, yo me voy”.
- Adiós, muchas gracias - le digo yo, ya no sé si por formulismo o llevado inconscientemente por la ironía.
Reviso los papeles. Dos hojas sueltas y un expediente completo, lo que significa que dos han aprobado y uno, no. Vale. Voy a hablar con los alumnos.
Mientras les explico cómo se han desarrollado las tres pruebas, en qué han fallado según el examinador y en qué han fallado según el profesor, un compañero de la autoescuela que espera allí para examinar a dos alumnos suyos me señala lo que, mira por dónde, va a ser un problema: en una de las actas el alumno ha cometido sólo tres errores leves, que en principio equivalen a un aprobado, pero la casilla marcada es “no apto”.
Mierda.
Total, que hay que aclarar el asunto. Nos va a tocar esperar a que vuelva el examinador con el coche que se está examinando en estos momentos. Es el de mi jefa, que lleva un solo alumno.
Esperamos…
El alumno que no sabe si ha aprobado o ha suspendido lo está pasando mal. Visto el carácter esotérico del examinador, no me atrevo a decirle a mi alumno eso de “tranquilo, que con sólo tres leves estás aprobado”. El chaval, que no es tonto, ya ha visto cómo es el examinador que nos ha tocado en gracia, pero confía en que no habrá mayor problema. Yo también lo espero.
Seguimos esperando…
Finalmente, llega el coche. Conduce mi jefa (huy). A su lado, viaja el alumno examinado, con una cara muy seria (huy, huy). La banqueta de detrás está vacía (huy, huy, huy). En cuanto sale mi jefa, ni siquiera la dejo hablar:
- ¿Qué has hecho con el examinador? ¿Lo has matado?
- No os lo vais a creer - y se dirige a mi compañero, el otro profesor -. Tienes que ir al hipermercado que hay en la calle de aquí arriba, y él te espera allí. Hemos acabado el examen en el parking de allí dentro y me ha dicho que quiere ver el coche que tiene que examinar ahora desde la puerta, a través de los cristales del hipermercado.
Le comento el problema de mi alumno, con sus tres errores leves y su “no apto”, y me responde que ya podemos ir todos para allá, que le tendré que reclamar inmediatamente porque, si no, eso puede ser un follón. Salimos en procesión los tres coches hacia el hipermercado. Una vez allí, mi jefa y su alumno se despiden y salen de vuelta hacia la autoescuela.
Allí nos quedamos cinco alumnos, dos profes y dos coches de autoescuela.
No sale.
Esperamos…
Nada, que no sale.
Especulamos con la actividad paralela del examinador. Uno dice que estará almorzando, que se habrá comprado el pan por una parte y la lata de atún por el otro y se estará dando un banquete de marca blanca. Otro aventura que quizá está haciendo la compra del mes, por lo que tarda, y yo le pregunto a mi compañero cómo lleva el maletero, no vaya a ser que necesite hacer espacio para los cartones de leche, la cocacola, los huevos y el jamón.
Y no sale.
Mi alumno que no sabe si ha aprobado o ha suspendido ya no sabe qué sentir. Suerte que no es un histérico. El alumno que ha suspendido todavía sigue mosqueado, pero ya se le ha pasado la primera rabieta. Allí el único que tiene ganas de juerga es el alumno que se sabe aprobado. Ese se ríe de todo.
Tras unos cuantos “¿es ese que sale?” infructuosos, por fin aparece nuestro examinador. Se acerca a los coches y yo le digo, y ahora sí que va con ironía:
- Hola otra vez.
- (…)
- Me temo que tenemos un pequeño problema. Este alumno tiene sólo tres leves y en cambio… - le muestro la marca de “no apto” mientras me encomiendo para que el hombre no le busque los tres pies al gato.
Tras un par de comprobaciones, no dice nada, enmienda el documento, anota la enmienda en el recuadro de observaciones y lo firma. Me quedo agradeciéndole la gestión al árbol más cercano mientras el examinador ya ha salido corriendo para subir al coche de mi compañero.
En fin…
Ahora que las cosas están claras, nos volvemos hacia la autoescuela. La experiencia ha ido muy bien para reforzar las ideas del alumno que ha suspendido, que es de los que no creen ni en normas ni en señales y vive convencido de que pasar por la autoescuela es un trámite y de que los examinadores son gente rara de cojones que piden cosas extrañas. Genial. Ahora mi alumno ve que su profesor no tiene ni puta idea de lo que dice cuando le explica que no, que las señales hay que respetarlas, que el examen es como una práctica más y que el examinador lo único que quiere es ver cómo conduce. Mi ya escasa credibilidad se ha ido a tomar por culo. ¡Qué bien!
De vuelta en la autoescuela, cuando veo a mi jefe le saludo con un simple:
- ¿Y a ese tío que le pasa?
Mi jefe sonríe. Sabe de sobras a qué viene mi insólito saludo. Ni siquiera es necesario un “¿de qué hablas?” porque me ha comprendido a la perfección:
- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Que qué me ha parecido?
- Huy, y hoy todavía venía normal…
Y entonces me explica, entre otras batallitas, tres casos que llaman la atención. En primer lugar, me habla de los días en que el buen hombre da sus indicaciones cantando.
- ¿Cómo, cantando? Hombre, hoy iba diciendo las cosas con retintín…
- No, ya. Pero eso es su forma habitual de hablar. No, no: cantando, de cantar.
Y yo no puedo evitar pensar en John Cage, el inolvidable bizcochito de Ally McBeal, que cuando se aturullaba acababa canturreando y diciendo palabras como Poughkeepsie. Pues sólo le faltaría eso al examinador:
“derechapoughkeepsie,
izquierdapoughkee-
poughkee- poughkeep-
poughkeepsie”.
Mientras mi imaginación viaja hacia el pasado hasta recuperar al extraño abogado, mi jefe prosigue con sus ejemplificaciones:
- Y otro día le pidió al alumno que pusiera la radio.
- ¿?
- Sí, sí: “póngame el 108,65 de la radio”.
- ¡Joder! Pero eso… En fin…
Pero si hay una anécdota explicada que me hace reír, es aquella en la que según afirma mi jefe el examinador pidió lo siguiente al aspirante:
- Haga usted un estacionamiento o un cambio de sentido.
¿Cómo? Reconozco que la frase me desmonta. ¿Cómo se pueden pedir alternativamente dos cosas que no tienen nada que ver entre sí?
Aprovecho una retención que nos tiene aburridos para contarle a Matías esta última historia. Matías ríe, pero luego me pregunta:
- Oye, y si a mí me piden eso, ¿qué le digo al examinador?
- Matías, yo lo tengo muy claro. Si a mí me dicen “haga usted un estacionamiento o un cambio de sentido”, me giro hacia el examinador y le contesto con firmeza y convicción: “Azul, la respuesta correcta es ‘azul’“.
Matías ríe y sigue avanzando a paso de caracol mientras el semáforo retiene a cientos de vehículos a nuestro alrededor. Yo me alegro de haber leído en mi juventud a Mihura, porque si no lo hubiera hecho ahora estas situaciones me pillarían a contrapié.
Hay que leer a Mihura. Y a Jardiel Poncela, también. Y ver la filmografía entera de Berlanga, claro. Si no, este país no se entiende.


Bueno, pero …. ¿que hacía el examinador en el super?
Bromas a parte, lo malo es que te lo encontrarás en otros exámenes. A mi mi profe me decía que si tenía dudas ante una indicación del examinador, que le preguntara, sin miedo. Pero a ese tio, no se si le hubiese preguntado, sinceramente.
Me alegra ver que vas pasando experiencias y que, aunque te resistas, poquito a poco vas entrando en esa espiral mercenaria en la que empiezas a dejar de tener claro cual es tu labor y hasta donde llega. El ejemplo más claro, el de ese alumno que se irá sabiendo que estás majara: este puto profe, jodido friki.
Con respecto al examinador… ¡da gusto comprobar como cada vez hay más tíos normales en ese puesto!
Afortunadamente, los fortunatos estos ya están desapareciendo en gran medida… jubilados, hostiados, deprimidos y encerrados. Lo malo es que algunos de los más jóvenes vienen con los mismos aires, creyéndose aquí dios y el espíritu santo. Pero son los menos.
Hoy me tocó examinar con uno que es relativamente nuevo. Es serio, demasiado metódico (como todos los que empiezan y creen que deben seguir el reglamento al 100% -de hecho, deberían- XD), pero luego es buen chaval y sobre todo, trata a los alumnos de tú a tú, sin acritud, sin prepotencia. A veces el trato vale más que un examen fácil. Qué digo a veces… siempre.
¿Ahora entiendes por qué el mensaje de aquel chico al que respondí y borraste lo datos “personales” sobre las autoescuelas y el examinador? El funcionario al que hacía referencia es el maestro del que tu comentas…
A los examinadores no les hacen de vez en cuando un examen psicológico. Lo digo porque puede que a éste le haga falta. Sería normal, con un trabajo así le puede pasar a cualquiera.